La primera vez que conocí el fenómeno del blanqueamiento de los corales, me resultó
imposible olvidar aquellas imágenes. Arrecifes que antes resplandecían con brillantes
tonos púrpuras, rojos, dorados y azules se habían vuelto de un blanco fantasmal:
arrecifes color mármol que parecían recordarnos el calentamiento del planeta. Ya no se
asemejaban a comunidades vivas, sino a monumentos sumergidos.
Aquellas imágenes se convirtieron en una invitación. Si los arrecifes de coral intentaban
decirnos algo, yo quería aprender su lenguaje.
Esa búsqueda me condujo a Rachel Carson.
Mucho antes de que el cambio climático ocupara un lugar en la conciencia pública,
Carson ya invitaba a sus lectores a enamorarse del océano. Su trilogía marina —Under
the Sea-Wind, The Sea Around Us y The Edge of the Sea— sigue siendo una de las
celebraciones más bellas que se hayan escrito sobre el planeta azul. No parece una
coincidencia que uno de los capítulos de su último libro, The Edge of the Sea, lleve por
título «La Costa de Coral».
Aunque Carson nunca emplea la expresión plena conciencia (mindfulness), interpreto
su obra como una práctica contemplativa. Nos enseña a observar con cuidado, con
paciencia y con asombro. Cada poza intermareal, cada corriente marina y cada
diminuto organismo merecen toda nuestra atención. Cuando la leo lentamente,
descubro que empiezo a contemplar el océano con ojos nuevos.
Thich Nhat Hanh enseñaba que la comprensión es el fundamento del amor. Cuanto
más profundamente comprendemos a otra persona, a otra especie o a la propia Tierra,
más naturalmente brota la compasión. Rachel Carson nos ofrece precisamente esa
comprensión. Nos ayuda a practicar lo que podríamos llamar la plena conciencia del
océano.
Uno de sus pasajes más memorables nos recuerda que el mar no es solamente
nuestro hogar ancestral: continúa fluyendo dentro de nosotros.
«…cada uno de nosotros lleva en sus venas una corriente salada… Esta es nuestra
herencia de aquel día… en que un remoto antepasado… desarrolló por primera vez un
sistema circulatorio cuyo fluido no era más que el agua del mar.»
Toda vida humana comienza en el agua. Antes de nacer flotamos en el líquido
amniótico de nuestra madre, compuesto en su mayor parte por agua. Nuestra sangre
todavía refleja la química de los antiguos océanos. Incluso nuestros huesos son
testigos de mares que existieron cientos de millones de años antes de la aparición de
nuestra especie.
Somos, literalmente, seres del océano.
Este descubrimiento transforma mi manera de caminar por la orilla del mar.
Hace poco, mientras paseaba por la costa caribeña de Puerto Rico, comencé a fijarme
en detalles que antes pasaban desapercibidos para mí. Los uveros de playa daban
sombra a la arena. Las dunas restauradas protegían la vida silvestre. Frente a la costa,
los manglares, las praderas marinas, los arrecifes de coral, el plancton, los peces y las
corrientes formaban una única comunidad viva e interconectada.
Rachel Carson describía los manglares como «el mar convirtiéndose en tierra casi ante
nuestros ojos». Durante una visita con mi madre al Centro de Conservación del Manatí
del Caribe en Puerto Rico, aprendimos hasta qué punto los manatíes dependen de
estos bosques costeros. Carson explica también que las mismas corrientes que
transportan las semillas de los manglares llevan el plancton que alimenta a los corales
constructores de arrecifes. El océano nunca está dividido en mundos separados. Todo
participa de todo lo demás.
Eso es el interser bajo las olas.
La trilogía de Carson revela una abundancia de vida verdaderamente asombrosa. Nos
presenta el plancton luminoso, las elegantes medusas, las criaturas de las
profundidades, las ballenas, los bosques de kelp, los arrecifes de coral, las aves
marinas, las conchas, las praderas submarinas y organismos microscópicos invisibles
al ojo humano. Incluso un simple grano de arena se convierte en una historia de
transformación.
Carson escribe sobre el pulso del mar —sus mareas, corrientes y olas— como si
describiera la respiración de un planeta vivo. Contempla con admiración los colores del
océano, desde los verdes brillantes del superficie de las aguas hasta los misteriosos
rojos y negros de las grandes profundidades. Celebra a las criaturas capaces de
producir su propia luz e iluminar la oscuridad mediante la bioluminiscencia. Escucha a
las ballenas, los delfines, los camarones y los manatíes, recordándonos que el océano
está lleno no solo de vida, sino también de comunicación.
Cuando leo los escritos de Rachel Carson, a veces siento que entro en un inmenso
salón de meditación donde cada criatura tiene algo que enseñarnos.
Caminar por la playa se ha convertido para mí en una práctica de plena conciencia.
Observo cómo una sola ola se levanta, viaja y finalmente se disuelve sobre la arena.
Inspiro mientras reúne su fuerza y exhalo cuando rompe en la orilla. La ola desaparece,
pero su energía continúa.
La costa nos ofrece la misma enseñanza. La arena se convierte en roca. La roca
vuelve a convertirse en arena. El sargazo difumina la frontera entre el océano y la
tierra. La costa nunca está completada. Todo está transformándose continuamente en
otra cosa.
Thich Nhat Hanh llamaba a esto la verdad de la impermanencia: no como motivo de
tristeza, sino como la condición misma que hace posible la vida. Rachel Carson
descubrió esa misma verdad en cada marea.
Los arrecifes de coral encarnan tanto la impermanencia como la continuidad.
Construidos lentamente por incontables diminutos animales coralinos a lo largo de
miles de años, solo prosperan cuando el océano que los rodea permanece en
equilibrio. Hoy, muchos arrecifes se están volviendo color mármol a medida que el
calentamiento de las aguas los somete a un estrés cada vez mayor. Su blanqueamiento
no representa únicamente la pérdida de su belleza; es también un llamado a despertar.
Sin embargo, Carson concluye su gran trilogía no con desesperanza, sino con un
mensaje de permanencia. El último capítulo lleva por título «El Mar Perdurable». El
océano siempre ha estado cambiando. Ha sobrevivido a las edades de hielo, al
desplazamiento de los continentes y a las extinciones masivas. Que los arrecifes de
coral continúen floreciendo dependerá, en parte, de las decisiones que tomemos hoy.
Quizá la plena conciencia del océano comience al recordar que el mar no está
separado de nosotros. Sus aguas fluyen por nuestras venas. Sus ritmos modelan
nuestra respiración. Su futuro y el nuestro son inseparables.
Cuando comprendemos esto profundamente, cuidar de los arrecifes de coral deja de
ser simplemente una responsabilidad ambiental.
Se convierte en un acto de recordar nuestro verdadero hogar.

